En esto, comenzó a obsesionarme algo extraño. Era esto: me había olvidado de algo. Era una decisión que había estado a punto de tomar antes de que Dean apareciera y que se había borrado de mi mente, si bien se mantenía, podría decirse, en la punta de su lengua. Hacía chasquear los dedos, tratando de recordarla. Hasta la mencioné. Y no podía decir si era una decisión real o simplemente una idea que había olvidado. Era algo que me acosaba y desconcertaba, que me ponía triste. Tenía algo que ver con el Viejo Amortajado. Carlo Marx y yo habíamos estado en una ocasión sentados frente a frente, rodilla contra rodilla, mirándonos, y yo le había contado un sueño acerca de un extraño árabe que me había estado persiguiendo a través del desierto; yo había tratado de eludirlo, pero él me había alcanzado inmediatamente antes de que yo llegara a la Ciudad Protectora. “¿Quién puede ser?”, dijo Carlo. Meditamos. Yo dije que era yo mismo, envuelto en una mortaja. No era esto, no. Algo, alguien, algún espíritu, nos perseguía a través del desierto de la vida y nos alcanzaba antes de que llegáramos al cielo. Naturalmente, ahora que vuelvo a esto, no puede ser más que la muerte: la muerte nos alcanza antes de que lleguemos al cielo. Lo que ansiamos toda la vida, lo que nos hace suspirar, gemir y experimentar suaves náuseas de todas clases, es el recuerdo de una perdida beatitud de que probablemente disfrutamos en el vientre materno y que sólo puede reproducirse (aunque no queramos admitirlo) en la muerte. Pero, ¿Quién quiere morir? En medio de la aglomeración de sucesos, yo seguía pensando en esto en eso en el fondo de mi conciencia. Se lo dije a Dean y él reconoció instantáneamente que no era más que el ansia de la pura muerte. Y como ninguno de nosotros vuelve a vivir, Dean, con mucha razón, no quiso saber nada más del asunto. Yo me mostré de acuerdo con él.
Jack Kerouac, En el camino (On the Road)

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